En una escuela rural de la Quebrada del Toro, conectarse a internet obliga a apagar las luces. “Lo prendemos una o dos horas, y eso implica que estemos apagando las luces en ese momento”, cuenta una docente. Habla del equipo de conexión satelital a internet que recibió la escuela en 2025. La maestra pide que no se publique su nombre por temor a represalias administrativas.
En octubre de ese año, el gobierno salteño había anunciado la instalación o renovación de equipos satelitales en 94 escuelas, como inicio de un plan mayor que incluiría a 194 establecimientos. La ministra de Educación, María Cristina Fiore Viñuales, presentó la medida como una forma de ampliar las oportunidades de aprendizaje en el interior.
Un relevamiento gremial y los testimonios de maestras rurales recogidos para esta investigación dejan al descubierto la fragilidad del plan oficial ya que siete de cada 10 escuelas incorporadas a la red satelital subsisten con electricidad racionada a unas pocas horas diarias.
En las aulas de la Puna salteña, esa desconexión se vive a oscuras. Dos módulos fotovoltaicos apenas alcanzan para alumbrar el pizarrón o enchufar los teléfonos y las netbooks de las docentes. Para encender el módem durante un par de horas, deben aprovechar el sol más intenso del mediodía. Después lo apagan para guardar la energía restante para pasar la noche.
En Salta, la discusión pública a inicios de 2026 se había concentrado en el uso del celular en las aulas, regulado por una ley provincial y un protocolo que establece restricciones según el nivel educativo. Sin embargo, una pregunta preexistente no formaba parte del debate público: ¿todos los alumnos de Salta tenían acceso a internet en su escuela?
Con esa inquietud recorrí establecimientos de cerros y quebradas y les pregunté a docentes y alumnos si tenían señal. En cada visita aparecía la misma dificultad: conectarse. A veces no había internet; otras, la electricidad apenas alcanzaba para encender el equipo unas horas. La promesa del plan satelital anunciado por la Provincia encontraba allí un límite que la entrega de antenas satelitales no resolvía. No había manera de mantenerlas encendidas.
El anuncio oficial: conectividad como "salto histórico"
En el marco del lanzamiento del plan conjunto entre la cartera educativa y la Secretaría de Modernización en octubre de 2025, la ministra Fiore Viñuales presentó la instalación de antenas satelitales como un salto histórico hacia la equidad educativa.
“Estamos iniciando la conectividad en 94 establecimientos educativos, todos en zonas rurales. Se van a entregar en total 194 antenas satelitales para que el año que viene tengamos el 100% de las escuelas de nuestra provincia conectadas”, afirmó Fiore Viñuales en ese acto.
La funcionaria destacó la priorización de departamentos como Rivadavia, San Martín y Anta, y remarcó el impacto pedagógico proyectado de la medida.
“Va a permitir que los mismos chicos tengan acceso a otros materiales y herramientas que los van a ayudar y mucho a conectarse con el mundo y tener una educación de calidad. Tener conectividad verdaderamente acerca las distancias”, sostuvo.
Sin embargo, casi un año después, en escuelas a más de 3.000 metros de altura o en parajes aislados del Chaco salteño, la tecnología de punta llegó pero lo más elemental sigue sin resolverse. En la mayoría de estas aulas, la electricidad no alcanza para mantener las luces encendidas más de dos horas seguidas.

La brecha estructural: qué muestra el relevamiento
A partir de un cruce entre las nóminas oficiales de conectividad del Ministerio de Educación provincial, informes técnicos del Ente Regulador de los Servicios Públicos de Salta (ENRESP) y un relevamiento en territorio elaborado junto al gremio docente SiTEPSa, esta investigación analizó la situación de las 94 escuelas rurales que ya recibieron antenas de última generación. Los datos muestran la brecha que separa al anuncio tecnológico de las condiciones materiales de las aulas.
La gran mayoría de estos edificios depende de sistemas solares aislados del viejo programa Proyecto de Energías Renovables en Mercados Rurales (PERMER): representan el 64,9% que funcionan exclusivamente a panel y batería. Otro 22,7% está conectado a la red convencional de EDESA y el resto subsiste gracias a motores a combustible o combinaciones mixtas de generación.
La dificultad cotidiana radica en sostener el servicio. La mayor parte de los establecimientos sufre cortes sistemáticos a media tarde o convive con microcortes y baja tensión, un cuadro que reduce al mínimo la posibilidad de mantener encendida la tecnología.

Sobre el total de las 94 escuelas relevadas, la viabilidad técnica para sostener en funcionamiento continuo un módem satelital arroja un diagnóstico crítico dividido en cinco categorías:
Inviable (57,2%): los bancos de baterías están agotados o la energía ni siquiera cubre las necesidades básicas del edificio.
Crítica (16,5%): los equipos sólo podrían encenderse bajo un racionamiento estricto, apagando las luces u otros artefactos indispensables.
Riesgosa (11,3%): las variaciones bruscas de tensión ponen en riesgo constante de rotura a los aparatos.
Aislada a turnos (4,1%): el servicio queda atado a los horarios restringidos de generadores comunitarios.
Apta (10,8%): el único grupo que reúne condiciones estables mediante el auxilio de estabilizadores de tensión.
Apenas una de cada diez escuelas del programa cuenta con la energía garantizada para aprovechar las flamantes antenas satelitales.
El dictamen técnico: por qué colapsan los sistemas solares
Los equipos satelitales necesitan alimentación eléctrica mientras están encendidos. La incompatibilidad reside en el régimen de consumo continuo que exige una antena satelital de alta velocidad y baja latencia frente a paneles degradados.
«Una antena Starlink exige alimentación continua las 24 horas, los siete días de la semana. Si la instalación solar ya estaba al límite y se le agrega un equipo de consumo ininterrumpido, el circuito colapsa y el suministro se corta.»
"El consumo de un módem Starlink equivale aproximadamente al de dos lámparas comunes, pero con una diferencia, los focos se encienden tres o cuatro horas al día, mientras que la antena satelital exige alimentación continua las 24 horas, los siete días de la semana. Ahí radica el verdadero impacto sobre el sistema. Si la instalación solar ya estaba al límite de su capacidad y se le agrega un equipo de consumo ininterrumpido, el circuito colapsa" , explica Enrique Mac Farli, ingeniero electrónico.
En esas condiciones, algunas docentes de la Quebrada del Toro dicen que deben apagar las luces del aula para encender la antena durante una o dos horas al mediodía, cuando pueden aprovechar mejor la generación solar.
En escuelas albergue, donde chicos y docentes viven de lunes a viernes, las necesidades eléctricas continúan después de clase. Hace falta luz para cenar y energía para mantener en marcha las heladeras donde se guardan los alimentos de toda la semana.
A esa demanda básica se suma que las baterías solares ya cumplieron con creces su ciclo técnico: su vida útil promedio es de seis a ocho años y hoy se encuentran agotadas. Esta advertencia técnica coincide con los relevamientos del Ente Regulador de los Servicios Públicos de Salta (ENRESP), que alertó formalmente sobre el deterioro crítico y la falta de recambio de acumuladores en más de 200 escuelas rurales tras el freno a la ejecución de partidas nacionales del programa PERMER.
Como señala Mac Farli, con acumuladores que no retienen carga y módulos que pierden rendimiento térmico en el monte, conectar un módem satelital de consumo permanente termina por colapsar un circuito que apenas alcanza para sostener una heladera y encender un foco.
Dos escuelas, una misma limitación
Dos docentes de escuelas rurales describieron cómo se vive la brecha entre la conectividad anunciada y la energía disponible. Ambas pidieron reserva de identidad por temor a represalias administrativas. Por ese motivo, se omiten sus nombres y los datos de ubicación que podrían identificarlas.
Sus testimonios no representan el universo de 194 escuelas, pero permiten observar cómo las limitaciones eléctricas afectan las clases y la vida cotidiana. Jornadas de conectividad limitadas a dos o tres horas diarias y equipamiento sin capacidad energética para sostenerlo
A 3.250 metros sobre el nivel del mar asisten a la escuela más de 25 niños y trabajan dos docentes bajo la modalidad de plurigrado. Los chicos caminan distancias largas todos los días, incluso con temperaturas bajo cero, y aun así mantienen una asistencia casi perfecta.
"Prendemos el equipo una o dos horas y eso implica que estemos apagando las luces en ese momento. Para cargar los paneles hay que aprovechar la hora del mediodía, de 12 a 2 de la tarde, que es cuando está el sol más fuerte; si no, nos quedamos sin luz. Conexión a internet los alumnos no tienen: es imposible", señala la docente.
Según su relato, los alumnos no tienen ningún tipo de acceso a internet: el "carro digital" con computadoras distribuido años atrás por otro programa quedó bloqueado y desactualizado, y aunque se pudiera reactivar, el sistema solar tampoco alcanzaría para cargarlo. La docente cuestiona además la lógica de exigir boletines digitales en una escuela que ni siquiera tiene cubiertas necesidades básicas como agua potable.
“Es medio extraño decir que vamos a digitalizar el trabajo cuando en realidad no tenemos ni siquiera una bomba de agua propia, que es mucho más esencial y necesario para sostener las clases todos los días», destaca la docente.
Las tareas administrativas se suman a la enseñanza y al cuidado diario de los alumnos.
“Las exigencias son las 24 horas, de lunes a lunes, y no se comprende mucho este tema. En las escuelas rurales los docentes estamos a cargo de los chicos, la parte administrativa, les damos de comer y coordinamos la higiene de la escuela, que no cuenta con personal de planta permanente”, agrega.
La docente afirmó que las obras para mejorar los sistemas solares llegaron a pocos establecimientos. Según contó, personal de la empresa contratista le informó que los trabajos se habían detenido por falta de pagos del Estado.
«Lo más urgente que necesitaríamos es que nos repotencien los paneles solares pero nosotros, que somos los más alejados, quedamos siempre en el olvido. Estuve en contacto con la gente que hacía el trabajo de remodernizar los paneles: el material estaba, pero el Estado había dejado de pagarle a la empresa tercerizada, y la escuela se quedó sin los paneles nuevos», comentó la docente.
A dos horas de camino de tierra desde la ruta 51, casi en el límite con Jujuy, funciona otra escuela, una albergue donde asisten más de 30 niños, la mayoría alojados de lunes a viernes. Es una escuela de construcción reciente, preparada para la altura con calefacción y agua caliente, pero los paneles solares instalados resultaron insuficientes para sus dimensiones.
“Generalmente prendemos la luz a las 10 de la mañana, como para que haya conectividad; en un intervalo del mediodía se vuelve a cortar y después a las 4 (de la tarde) otra vez volvemos a encender, y a las 7 igual quedamos sin luz. Nosotros vivimos ahí, nos manejamos con vela, con linterna. El tema es alumbrar a los chicos, porque tenemos albergados desde los 6 hasta los 12 años. Si necesitan ir al baño, tenés que salir con la linterna”, relató otra docente entrevistada.
La maestra señaló que su escuela quedó fuera del programa de repotenciación energética y por eso tampoco recibió el equipo. El "carro digital" con computadoras, dice la docente, tampoco es una alternativa real: su fuente de alimentación no es compatible con un sistema solar tan limitado.
"El carro digital tiene una fuente de alimentación y esa fuente no resiste un panel solar. Si vas a cargar el carrito digital, te quedás sin luz directamente... No puedo estar cargando mi computadora en la escuela, si no dejo a todos sin luz”, afirma la maestra.
Más allá de la conectividad, la docente describe una comunidad con necesidades básicas insatisfechas. Un puesto sanitario sin enfermeros, chicos con discapacidades sin maestras especiales asignadas, donde los propios docentes terminan cumpliendo funciones de salud y donde el único vínculo regular con el resto de la provincia son ellos mismos.
En este rincón de la Puna, la desconexión tecnológica pasa a un segundo plano frente a un desamparo sanitario y social que recae por entero sobre los hombros de las maestras. El paraje cuenta con un puesto sanitario, pero carece de médicos o enfermeros de planta permanente.
“Termina el horario de clases y tenés que ser enfermera, psicóloga, tenés que ser todo. Nos tocó una semana durísima con un brote de gripe, diarrea y vómitos, con chicos que llegaban con la carita hinchada de dolor de muela. Por más que intentemos avisar al hospital, sabemos que no van a venir y hay que resolver con lo que hay en el botiquín", relata la docente del albergue. La distancia y la falta de señal impiden incluso contactar a las familias, que durante la semana se internan cerro adentro para pastorear rebaños de llamas y ovejas.
La vulnerabilidad se profundiza en las aulas. A diferencia de las escuelas urbanas, el establecimiento no cuenta con maestras de apoyo para la inclusión ni gabinetes interdisciplinarios que atiendan a niños con dificultades severas de aprendizaje, motrices o visuales. “Hay nenas que prácticamente no ven y no tienen ni anteojos; acá no se nombran maestras especiales, es como si para el Estado en estos cerros nadie necesitara nada”, describe la educadora. Por caminos internos de lajas y calamina que las lluvias vuelven intransitables, el docente se convierte en el único puente con el resto de la sociedad:
“Nosotros que vamos los lunes y volvemos los viernes somos la única conectividad real que tienen las familias: llevamos y traemos mensajes, mercadería, remedios y trámites. Salís de la escuela y ves la nada misma en la punta del cerro; si no fuera por los maestros, el olvido sería total”.
La respuesta oficial: gestiones y responsabilidades
Para esta investigación, se presentó por correo electrónico una solicitud de acceso a la información pública y se pidieron entrevistas con la ministra Fiore Viñuales y el secretario de Infraestructura. También se informó al área de prensa. No hubo respuesta a esos pedidos, aunque la consulta fue derivada al subsecretario de Tecnología y Conectividad, Matías Sant.
Sant confirmó que, de las 194 antenas previstas, hasta la fecha de publicación de ese informe se instalaron 90 a través de la empresa adjudicataria de la licitación, mientras que el resto de las entregas permanece supeditado a la remisión de equipos por parte del Gobierno nacional.

Sant reconoció, además, que el propio ministerio detectó la insuficiencia de paneles solares durante las instalaciones, pero aclaró que el despliegue tecnológico y la provisión de los servicios básicos están a cargo de áreas distintas.
“Las antenas quedan conectadas, pero desde el área de Modernización no somos responsables del suministro o no del servicio eléctrico. Si durante la instalación se verifica la insuficiencia de paneles solares, se envía un informe al área de Infraestructura del Ministerio de Educación”, indicó
Asimismo, admitió que el área tiene constancia de que la conexión en la mayoría de las escuelas funciona por períodos breves o intermitentes, aunque dijo desconocer si obedece a problemas eléctricos o a decisiones de los docentes sobre los horarios de uso. A su vez, confirmó que el Estado no entregó computadoras ni tablets para los alumnos en estas escuelas: la conectividad satelital depende exclusivamente de los celulares y computadoras particulares que los maestros trasladan al aula.
El origen de la crisis: electrificación rural y obras frenadas
El colapso energético que hoy paraliza las aulas del interior salteño no es un imprevisto: arrastra más de dos décadas de desidia operativa y financiamiento trabado. En el territorio, la prestación en parajes aislados no depende de la red convencional, sino de la concesionaria ESED S.A. (Empresa de Sistemas Eléctricos Dispersos), sujeta al control del Ente Regulador de los Servicios Públicos de Salta (ENRESP). Aunque el recambio integral de los módulos requería partidas federales y créditos del Banco Mundial canalizados por el Programa de Energías Renovables en Mercados Rurales (PERMER), la gestión cotidiana de cada edificio recae en el Ministerio de Educación provincial.
El sistema se remonta a 2001, cuando Salta ingresó al esquema nacional de electrificación rural dispersa. Hacia 2003 se completó el montaje inicial en 178 escuelas de frontera y parajes remotos. Luego, la cobertura se extendió a postas sanitarias y miles de viviendas campesinas. El problema es que esa infraestructura, diseñada hace más de 20 años para alimentar tres o cuatro focos de bajo consumo y un radio de emergencia, hoy debe abastecer terminales satelitales de alta velocidad que deben operar las 24 horas.
A través de la Licitación Pública Nacional N° 5/2019 (bajo el préstamo BIRF N° 8452-AR del Banco Mundial), se habían presupuestado 13,5 millones de dólares para la renovación integral de bancos de baterías, reguladores e instalaciones internas en 260 establecimientos rurales de la provincia. Sin embargo, la Secretaría de Energía de la Nación revocó definitivamente la adjudicación mediante la Resolución SE N° 136/2021, por razones de «oportunidad, mérito y conveniencia».
Ante este escenario, resoluciones e informes de auditoría del Ente Regulador de Servicios públicos advirtieron formalmente que someter el servicio rural disperso a la lógica de la rentabilidad privada condenaría al abandono a parajes de muy difícil acceso, donde las escuelas sobreviven con acumuladores sulfatados que ESED no renueva y un ministerio que exige digitalización sobre cables que ya no conducen energía.
Contradicción en el territorio
Mientras el Ministerio de Educación exige cargar asistencias y calificaciones en tiempo real a través del SINIDE y el Boletín Digital, en los parajes más aislados del interior salteño la brecha digital choca de frente con la falta de servicios básicos: las familias no logran consultar las notas por analfabetismo digital y la urgencia de las escuelas pasa por garantizar servicios básicos antes que conectividad.
En estas comunidades de difícil acceso, donde los caminos solo se transitan a pie o a lomo de mula y las baterías solares están agotadas, la carga administrativa recae por completo sobre los maestros. Para sincronizar las planillas del sistema oficial, deben subir a los cerros en busca de señal o esperar a sus días de descanso para bajar a las cabeceras municipales.
Los datos y testimonios reunidos en esta investigación muestran las limitaciones de una política centrada en instalar antenas en escuelas que, en algunos casos, carecen de un suministro eléctrico estable. A estas dificultades se suma la precariedad de los edificios escolares, un problema que, según la dirigencia docente, se extiende por toda la provincia. Para los representantes gremiales, la prioridad que el Gobierno da a la conectividad contrasta con el abandono de las escuelas.
"La educación pública está quebrada porque es un reflejo de la sociedad. Hoy los docentes trabajan con miedo y asfixiados por una enorme burocracia digital que se les exige a diario, mientras las autoridades muestran una desidia total frente a lo urgente", advierte la referente del Sindicato de Trabajadores de la Educación de la Provincia de Salta (SiTEPSa).
La dirigente gremial remarca que los reclamos en las calles van mucho más allá de la recomposición salarial: “Más del 60 por ciento de los establecimientos escolares de Salta presenta deficiencias estructurales graves. No hablamos solo de parajes rurales sin luz ni agua; mientras el gobierno promociona aplicaciones y plataformas digitales, las bases materiales de la escuela pública se caen a pedazos”.
A la precariedad material se suman aulas sin docentes de apoyo para atender a alumnos con discapacidades motrices o de aprendizaje. Las comunidades originarias y familias rurales quedan atrapadas entre la falta de servicios y las promesas de modernización que nunca hacen pie en el territorio, relata una de las docentes entrevistadas.
En las aulas de las escuelas rurales, el salto tecnológico anunciado desde los escritorios se resuelve apagando los focos para prender un router durante un par de horas, guardando carros enteros de computadoras que la instalación no tolera y postergando la carga de un boletín digital que ninguna familia de la zona tiene cómo abrir.

La distancia entre la norma y el territorio quedó retratada en una escena que recorrió el país durante el último Mundial de fútbol: en una escuela de alta montaña, una decena de chicos se apretujaba para ver el partido alrededor de la minúscula pantalla del teléfono del maestro, el único con batería, buscando señal sobre el filo de una pirca. Aquel celular, objeto de debate administrativo en las ciudades, era allí el único puente con el resto del mundo. Tanto en la alta montaña como en el calor del monte, la promesa de la conectividad total sigue supeditada al mismo límite: las antenas necesitan electricidad para funcionar.












