Es un día de enero en el Gran San Miguel de Tucumán. Una caminata hasta la parada del colectivo puede transcurrir bajo la copa de árboles frondosos o convertirse en varias cuadras de sol y humedad sin respiro. Para quien sale a trabajar o hacer las compras, encontrar sombra y verde puede cambiar el recorrido. A veces está sobre la vereda. Otras, queda atrás de un muro, dentro de un jardín privado.
En las avenidas boscosas de Yerba Buena, en los fondos de las casas de Tafí Viejo, en las calles del centro de la Capital o de Banda del Río Salí, donde escasean los árboles, el verano se vive de maneras muy diferentes. Son paisajes de un mismo tejido urbano que se extiende entre seis municipios y varias comunas rurales, con algo más de un millón de habitantes. La ciudad real continúa al cruzar de una jurisdicción a otra. La disponibilidad de sombra cambia por completo en pocos metros.
Una parte de esas diferencias puede medirse desde el espacio. Esta investigación analizó 73 imágenes satelitales de tres veranos y encontró hasta 7,4 °C de diferencia en la temperatura de superficie entre las zonas urbanas con más y con menos cobertura vegetal. Es la temperatura de techos, suelos, pavimentos y vegetación, distinta de la del aire que registra un termómetro.
La brecha se mantiene incluso al excluir la zonas altas del pedemonte, cercanas al Cerro San Javier, donde la altitud y la selva de yungas bajan la temperatura de forma natural. Y plantea una pregunta que atraviesa todo el aglomerado tucumano: ¿qué pueden hacer los gobiernos locales para refrescar las zonas donde más falta el verde?

El calor visto desde el cielo
Para medir cuánto verde y cuánto calor hay en cada punto de la ciudad, la investigación se apoya en imágenes tomadas desde el espacio exterior.
Los satélites Landsat 8 y 9 –operados por la NASA y el Servicio Geológico de Estados Unidos– fotografían la superficie terrestre a medida que la orbitan. Se utilizaron imágenes de los meses de verano (diciembre a marzo) de las últimas tres temporadas, cuando el calor más aprieta. Se procesaron en Google Earth Engine (GEE), una plataforma diseñada para trabajar con grandes volúmenes de datos satelitales. Sobre ellas se calculó el NDVI, un índice que estima la cantidad de vegetación viva a partir de la luz infrarroja que reflejan las plantas. En términos técnicos, registra actividad fotosintética, e incluye árboles, pastos y cultivos.
La brecha de 7,4 °C corresponde a la llanura urbana, por debajo de los 500 metros de altitud. Al incluir el pedemonte y las zonas más altas, llega a 7,7 °C. La escasa diferencia entre ambos resultados arroja que el contraste persiste incluso al restringir el análisis por desnivel. La relación estadística con la cobertura vegetal explica casi el 80% de la variación térmica observada.
El comparador que sigue coloca ambas capas sobre el mismo territorio. La barra central puede desplazarse hacia los lados para alternar entre el mapa de temperatura de superficie y el de cobertura vegetal. Así se puede observar cómo las áreas más calientes coinciden, en general, con una menor presencia de verde.
El mapa identifica nueve focos que superan los 47 °C de superficie en extensiones continuas de al menos 20 hectáreas. El mayor abarca más de 880 hectáreas sobre el centro de la Capital y su extensión hacia el este, y concentra el 72% de la superficie caliente identificada. Los focos más relevantes se ubican en los municipios de San Miguel de Tucumán, Las Talitas y Banda del Río Salí.

Cuánto verde hace falta
“Los árboles esencialmente son máquinas enfriadoras. Aparte de hacer sombras, son máquinas enfriadoras por el cambio del estado del agua”, explica Ezequiel Aráoz, doctor en Ciencias Biológicas, investigador del CONICET en el Instituto de Ecología Regional y docente de Ecología del Paisaje. Al abrir sus estomas, las hojas pierden agua que pasa a vapor, y ese cambio contribuye al enfriamiento. Debajo de las copas, la sombra agrega un beneficio que los satélites no alcanzan a observar directamente. Según Aráoz, el efecto a nivel del suelo puede ser incluso mayor que el del mapa.
Consultado para esta investigación, el experto también estima que una diferencia de siete grados en superficie podría corresponder a unos tres a cinco grados en el aire, que circula y se mezcla.
Al agrupar el área urbana en cuatro franjas de vegetación, el análisis con GEE encontró descensos de temperatura de 1,5, 3,0 y 3,1 °C. El patrón sugiere que el enfriamiento gana intensidad en las áreas con mayor cobertura vegetal y abre una pregunta sobre la densidad de verde necesaria para conseguirlo. En otras palabras, pasar de una zona pelada a una con algo de verde no mueve casi la temperatura que ve el satélite.
Juan Pablo Juliá, doctor en Biología de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), convocado por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán para la realización de su primer censo de arbolado (concluido en marzo de 2026), destaca la continuidad de la sombra como un elemento central y el aporte de las copas grandes. Es decir, el árbol suelto no alcanza, y lo que se plante hoy tardará años en dar beneficios.
Aráoz mantiene abierta la pregunta sobre el umbral. En una comparación puntual que realizó en Yerba Buena, encontró un efecto pequeño al contrastar sitios cercanos con y sin árboles. Son escalas y métodos distintos. El patrón de esta investigación de carácter científico permite orientar nuevas preguntas, pero no fijar una cantidad de árboles que garantice propiamente un descenso térmico considerable.

¿Qué pasa con el verde detrás de los muros?
La distribución del calor no permite deducir por sí sola quiénes tienen menos recursos para afrontarlo. El foco principal incluye al microcentro de la Capital, donde hay sectores de alto poder adquisitivo y superficies densamente construidas. En Yerba Buena, también con áreas residenciales de altos ingresos, las viviendas con jardines forman parte de un paisaje más verde.
El contraste muestra cuánto importa la forma de ocupar el suelo. En el centro predominan superficies impermeabilizadas en un damero denso, que creció históricamente sin lugar para el árbol. En Yerba Buena y en Tafí Viejo, en tanto, el espacio libre dentro de los lotes permite conservar vegetación.
“Una parte muy importante de la cobertura vegetal se encuentra dentro de lotes, barrios privados y otras propiedades particulares”, señala Santiago Gibilisco, subdirector de Ambiente de Yerba Buena. El funcionario atribuye las condiciones térmicas a una combinación de vegetación, ubicación junto al pedemonte y mayor circulación del aire.
En Tafí Viejo, un relevamiento satelital del propio municipio contabilizó 46.532 árboles. Cerca de la mitad está en los centros de manzana. Según la arquitecta Agostina Rossini, asesora urbanística de la Municipalidad, estos centros funcionan como "pulmones verdes" porque el tejido es de baja altura y la costumbre familiar es tener patio, el "fondo".
Ese verde, explica Rossini, es "una resultante de años de baja densificación". En los últimos diez años, agrega, parte de las plantaciones de citrus que han existido durante décadas en el territorio de Tafí Viejo pasaron a ser barrios cerrados. Eso llevó al municipio a diagnosticar y actualizar su normativa para atenuar ese impacto ambiental. El Código Urbano Ambiental y de Edificación (Ordenanza 135/2023) –especifica la arquitecta– incluye "estrategias para la mitigación de emisiones de dióxido de carbono derivadas de la extensión urbana". Rossini fue secretaria de Obras Públicas y secretaria de Planeamiento de la Municipalidad.
El NDVI utilizado en esta producción registra todo el verde aunque esté detrás de un muro. Para quien camina por una vereda, acceder a su sombra es otra cuestión. Y para saber quién tiene más dificultades para afrontar el calor hace falta conocer las condiciones de vivienda, los ingresos y el tiempo de exposición de las personas. Un mismo sector puede reunir a residentes con recursos y a trabajadores que pasan horas al aire libre. En los barrios sin jardín propio y con poco arbolado público, las intervenciones en calles y plazas cobran especial importancia.
La dimensión social requiere otra capa de información. Facundo Cabral, director de la Fundación Ibatín, organización que impulsa la gobernanza metropolitana, sostiene que sus relevamientos encuentran población vulnerable en sectores con menos arbolado y espacios verdes. Consultado para esta investigación, también señala la presencia de basurales en parte de esos territorios.
El mapa del Registro Nacional de Barrios Populares (ReNaBaP) permite localizar esos barrios, aunque cuantificar su superposición con los focos térmicos requiere una investigación adicional. Las condiciones que describe Cabral aportan preguntas para ese cruce, pero sin convertir el mapa de temperatura en un mapa de pobreza.

Conocer dónde falta la sombra
Yerba Buena fue el primer municipio del área metropolitana en realizar un censo de arbolado. Entre 2022 y 2023, contabilizó 33.230 ejemplares y permitió localizar faltantes. Según Gibilisco, el censo “fue fundamental porque permitió establecer prioridades. Esa información permitió orientar la reposición de ejemplares y definir dónde concentrar las intervenciones”.
El municipio describe así un cambio en la forma de planificar, aunque su efecto sobre la temperatura queda por medir. “El censo permitió dejar atrás la lógica de 'plantar donde se puede' para avanzar hacia la planificación de 'plantar donde hace falta y con la especie adecuada'", agrega el funcionario.
Después de 15 meses, San Miguel de Tucumán concluyó su primer censo de arbolado en marzo de 2026. Los primeros resultados arrojaron que en la Capital hay más de 142.000 árboles y al menos 22.540 puntos potenciales para plantar. Juliá, que coordinó el equipo de censistas, advierte que cada sitio requiere una evaluación especial, pues cañerías o cables subterráneos pueden hacer inviable la plantación.
El relevamiento también mostró “la enorme desigualdad que hay en cuanto a la calidad y la cantidad del arbolado en los distintos sectores de la ciudad”, según el biólogo. Hay sectores con pocos árboles que, además, tienen veredas demasiado angostas para incorporarlos. Para Juliá, el principal problema es esa desigualdad, más que la falta de árboles en sí: el total de ejemplares de una ciudad puede ocultar esas diferencias entre sus barrios.
Julieta Migliavacca, secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable de San Miguel de Tucumán, explica que hoy se priorizan los sitios donde plantar resulta compatible con la infraestructura existente. “Por el momento, la temperatura o el nivel de insolación no constituye por sí solo un criterio determinante para definir dónde plantar”, especifica. La funcionaria informa que trabajan en identificar sectores con mayor impermeabilización y menor sombra para cruzarlos con los espacios disponibles para nuevas plantaciones.
En Tafí Viejo, Rossini informa que la cartografía municipal alimentó el diagnóstico para actualizar las normas urbanísticas. Su relevamiento satelital de árboles públicos y privados tiene un alcance distinto del censo de campo. Ambas herramientas ayudan a reconocer necesidades, pero en distinta escala.

Plantar y poder seguir lo plantado
En San Miguel de Tucumán, Migliavacca sitúa la forestación dentro del Plan Local de Acción Climática 2026-2030, presentado en abril de 2026. Según la funcionaria, al 7 de septiembre se habían plantado 8.310 árboles de una meta de 10.000 para este año.
En Banda del Río Salí, Sebastián Luna, secretario de Gobierno, describe un punto de partida diferente. En la entrevista para esta investigación asegura que, con frecuencia, la Municipalidad entrega plantines a vecinos durante operativos municipales “con el objetivo de promover la forestación y el cuidado del ambiente”. El programa se llama Banda en Verde.
Así, esas entregas suelen coincidir con inauguraciones de obras, principalmente de pavimento. Es decir, el recorrido de las obras determina qué barrios reciben los ejemplares. “Hoy puede ser en un barrio y dentro de un mes puede ser en un barrio que está a 30 cuadras. Entonces, no hay ni una planificación o estrategia, ni un seguimiento de esos árboles o esos plantines que se entregan”, reconoce. El municipio carece de censo y vivero propio, y obtiene los plantines del vivero provincial. Tampoco registra quién los recibe o si llegan a plantarse.
Luna afirma que quieren organizar mejor ese trabajo, y menciona la recuperación de plazas y la capacitación de quienes la mantienen. Banda del Río Salí, uno de los municipios más poblados del interior provincial, tiene focos de calor relevantes. Su respuesta expone la diferencia de capacidades que persiste dentro del área metropolitana.
Tafí Viejo, por su parte, informa que produce plantas nativas en su vivero municipal y que allí mantienen desde 2018 un objetivo anual de plantar 10.000 árboles por año. “La temperatura no es un criterio de planificación, sino que se centra en la identidad del paisaje de yungas, la difusión de buenas prácticas centradas en la gestión de residuos y en el embellecimiento del espacio público”, sopesa Rossini.
Las Talitas, que también tiene focos relevantes de calor como Banda del Río Salí, lanzó en abril de 2026 su Programa Municipal de Arbolado Urbano. Comenzó con la forestación de la avenida Circunvalación y prevé un vivero municipal, pero por ahora utiliza plantines de la provincia.
Para esta investigación se consultó a cinco de los seis municipios. Los funcionarios de Las Talitas contactados no respondieron el cuestionario al cierre del reporteo.

Hacerle lugar al árbol
La vereda aparece una y otra vez en las entrevistas como un cuello de botella. En Yerba Buena, el municipio tuvo que identificar las completamente cementadas y notificar a los frentistas para recuperar espacios de plantación, explica Gibilisco.
En la Capital, Juliá señala que las cazuelas, los espacios de tierra alrededor del tronco, suelen achicarse o convertirse en canteros elevados. Eso dificulta la llegada de agua y afecta el desarrollo del árbol. El ingeniero Álvaro Costilla, director de Espacios Verdes de la Capital, describió dificultades del mismo tipo.
La conclusión de Gibilisco apunta al diseño urbano. “Una ciudad que impermeabiliza completamente sus veredas puede tener muchas dificultades para recuperar posteriormente el arbolado. Por eso, el espacio para el árbol debe ser considerado desde el diseño urbano y no como algo que se intenta incorporar después”, desarrolla.
El instrumento decisivo es el Código de Planeamiento para cada Municipalidad, incluso más que el plan de forestación. Yerba Buena sancionó el suyo en 2025 y Capital se encuentra debatiendo su reforma.
Migliavacca indica que en esa reforma se discuten criterios de proximidad de las viviendas al arbolado y a los espacios verdes. El objetivo –profundiza– es prever sombra y suelo permeable desde el diseño de las nuevas obras y urbanizaciones, y que “el verde y el arbolado no sean considerados únicamente como elementos que se incorporan una vez consolidada la ciudad”. Son criterios en discusión, cuyo alcance dependerá del texto que se apruebe.
Tafí Viejo incorporó en su Código Urbano Ambiental y de Edificación de 2023 el Factor de Impermeabilización del Suelo, indica Rossini. Es una herramienta para limitar cuánto suelo puede cubrirse con superficies impermeables en un proyecto. La arquitecta reconoce dificultades para verificar que lo declarado coincida con lo construido y para controlar cambios posteriores a la inspección.
Reservar suelo permeable y espacio para las raíces exige sostener esos controles a medida que la ciudad crece. La experiencia deja una dificultad compartida por los municipios: las decisiones sobre veredas y obras condicionan el arbolado que podrán tener años después.

Compartir herramientas entre municipios
¿Puede una ciudad gobernada en partes gestionar su verde como un todo? San Miguel de Tucumán, Yerba Buena, Tafí Viejo, Las Talitas, Banda del Río Salí y Alderetes administran partes de este continuo urbano. “El principal problema es que tenemos un fenómeno territorialmente integrado y una respuesta institucional fragmentada”, sostiene Cabral. Propone una mesa permanente con municipios, provincia, comunas y actores técnicos y sociales para producir diagnósticos y proyectos comunes.
El titular de Fundación Ibatín señala un antecedente en el Consorcio Metropolitano para la Gestión de Residuos Sólidos Urbanos (GIRSU), cuyo funcionamiento considera mejorable. Desde Tafí Viejo, Rossini precisa la diferencia entre áreas: “No tenemos trabajo metropolitano con respecto a la forestación, pero sí con el GIRSU”.
En 2024, un taller en Yerba Buena reunió a municipios y especialistas para trabajar sobre el arbolado. Gibilisco informa que continuaron los intercambios técnicos, aunque considera necesario sostener una red permanente, compatibilizar datos y desarrollar intervenciones compartidas. Juliá propone planificar a escala metropolitana y mantener la ejecución cotidiana bajo responsabilidad municipal.
Desde la Capital, Migliavacca informa que hubo experiencias de articulación con Yerba Buena y Tafí Viejo vinculadas al arbolado, incluidas herramientas de mapeo para identificar árboles, islas de calor y posibles corredores entre ciudades. Considera que el desafío es consolidar ese trabajo conjunto.
La propuesta –coinciden los especialistas– permitiría aprovechar capacidades que hoy están repartidas. Una cartografía común ayudaría a identificar necesidades más allá de cada límite municipal. Compartir criterios para censar y elegir especies facilitaría que una gestión que empieza pueda apoyarse en la experiencia de otra, sin tener que desarrollar todas las herramientas desde cero.
Aráoz, en tanto, pone el acento en la sombra que cada persona tiene cerca. “El árbol de proximidad es lo que más te influye en regular la temperatura. No es el árbol que está a 200 metros”, señala. Su observación vuelve a la vereda donde se necesita sombra. Compartir capacidades tendría que ayudar a resolver también esa necesidad cercana.

La sombra que todavía tiene que crecer
El seguimiento del arbolado ofrece un punto concreto para empezar. Juliá propone registrar “cuántos sobreviven al cabo de un año, cuántos sobreviven a los 3, a los 5, a los 10 años”. Involucrar a los vecinos puede ayudar a sostener el cuidado. El mantenimiento requiere presupuesto y continuidad, como otras obras de la ciudad. Cabral agrega la posibilidad de acordar porcentajes mínimos de sombra para los espacios públicos.
Para Juliá, la participación puede comenzar antes de la plantación, con la elección de las especies. Que los vecinos intervengan y se sientan parte del cuidado ayuda a reducir el vandalismo, sostiene. Registrar qué sobrevive permitiría conocer también dónde hace falta reponer ejemplares y revisar las condiciones en las que se plantaron.
Mientras las copas crecen, Araóz menciona superficies claras, como techos blancos, entre las alternativas para reflejar más radiación. El especialista califica el incremento del albedo —la fracción de luz que se refleja hacia la atmósfera— como “una medida excelente y de efecto inmediato”.
También plantea estudiar cómo interactúan el arbolado y la humedad en una ciudad donde el calor ya resulta agobiante. Sugiere analizar la conectividad de los vientos y diseñar franjas de bosque en las periferias que faciliten la circulación del aire, contrarrestando el efecto de los materiales de construcción como el hormigón, el cemento, el hierro y el vidrio, que absorben el calor, lo liberan lentamente y elevan la temperatura urbana en unos 3 grados
La primavera ya llegó a Tucumán. En los próximos meses, a medida que el verano se aproxime, volverán las caminatas a la parada del colectivo y las salidas a hacer las compras bajo un calor intenso. Para quienes hoy atraviesan varias cuadras al sol, la sombra de un árbol nuevo tardará en llegar. Su lugar en la vereda puede reservarse ahora. Y su cuidado tendrá que durar mucho más que el día de la plantación.
Cómo se hizo esta investigación
Se procesaron 73 imágenes Landsat 8 y 9 (Collection 2, nivel 2) de diciembre a marzo de 2023-24, 2024-25 y 2025-26, seleccionadas con nubosidad inferior al 20%. Se aplicó una máscara de nubes y sombras por píxel y se calculó la mediana por punto en Google Earth Engine. Dynamic World permitió delimitar el área urbanizada; el modelo Copernicus, controlar la altitud; y el NDVI, medir actividad fotosintética. La brecha principal corresponde a la superficie urbana por debajo de 500 metros. La relación vegetación–temperatura arrojó R = −0,88 y R² = 0,776 para el área urbana.
El análisis describe temperatura de superficie. El NDVI abarca distintos tipos de vegetación y no distingue propiedad pública de privada. El satélite registra la copa y no observa directamente la sombra debajo. El paso a media mañana deja fuera el máximo de la tarde y el mínimo nocturno. La resolución térmica original, de unos 100 metros, permite interpretar patrones de barrio, con límites para estudiar una vereda. El recorte altitudinal reduce la influencia del relieve en la comparación; no aísla todos los factores ni prueba causalidad. El código está disponible a pedido.
Transparencia y uso de inteligencia artificial
Juan Martín de Chazal coordina +COMUNIDAD, una iniciativa de la Red de Innovación Local (RIL), asociación civil apartidaria y sin fines de lucro que trabaja con gobiernos locales, entre ellos algunos de los mencionados. La investigación se desarrolla en el Laboratorio de Periodismo RedLab de FOPEA y Google News Initiative. El vínculo institucional se declara para que el lector pueda evaluar el trabajo, elaborado con criterio periodístico e independencia editorial.
Se utilizó Claude como asistencia para elaborar el código de procesamiento, contrastado mediante su ejecución en Google Earth Engine, y herramientas de Google News Initiative para la edición y reformulación del documento de trabajo. Las decisiones editoriales y la verificación final corresponden al autor.
Contacto de autor: juanmartin@redinnovacionlocal.org












